Luz y Tinta

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luz y tinta (1)

Luz y Tinta nº94

 


Hay veces en que no queda más remedio que acudir al vértigo, siquiera como metáfora, para definir la situación de inestabilidad en que uno se encuentra. Inestabilidad que a veces no es tanto por desequilibrio personal cuanto por la inercia que provocan los sucesos exteriores. Uno de los elementos exteriores que más contribuyen a crear la sensación de vértigo es el paso inclemente del tiempo que, si se me permite la imagen, caminan a lomos de veloces caballos. Basta echar la vista atrás para darse cuenta de ello: casi sin darnos cuenta llevamos nueve años editando esta revista y, sin darnos cuenta, repito, o muy conscientes de ello, hemos venido introduciendo cambios, pretendiendo abarcar cada vez más nuestro espacio y pretendiendo sobre todo suplir carencias con imaginación y con el trabajo necesario para que se materialice. Si comparamos aquellos primeros números de Luz y Tinta, en los que no íbamos más allá de las 36 páginas, con estos últimos, en los que se rondan las doscientas, cualquiera puede darse cuenta de la sensación de vértigo que a uno le invade. Y no sin razón, porque desde la sala de máquinas, como recordaba en el número anterior, se nos pide “más madera”. Otro elemento que contribuye a mantener esta sensación es el paso inclemente de los días, los meses, las estaciones. Hace un mes escribía esta misma presentación desde el borde del Mar Menor, en Murcia, donde disfrutaba de unos días tranquilos hasta que se nos atravesó una “gota fría” tremenda en sus consecuencias para los vecinos de la zona que sembró de desasosiego a cuantos la vivimos en directo y a cuantos solo la vieron a través de las imágenes intranquilizadoras que transmitía la televisión. Mira uno hacia atrás y, cabalgando el vértigo de los días, la sensación de que todo es relativo crece: aún no hace un mes de aquellos días de lluvia y barro y sin embargo parece que se ha cerrado un larguísimo ciclo en el que hemos escuchado todos los comentarios y advertencias sobre el cambio climático que lógicamente habrá de acompañarnos en los meses y en los años venideros. Como habrá de acompañarnos, si Dios no lo remedia —y escribo consciente de mi agnosticismo irredento—, el viejo cantar de la insatisfacción política. La democracia tiene sus normas y una de ellas es que hay que dejar expresarse al pueblo a través de las urnas y esta expresión es la que debe regir el destino político y social de las comunidades. Claro que la convocatoria a las urnas no debe ser excusa para ocultar carencias o para enmascarar incapacidades. La convocatoria a las urnas debe marcar a los políticos el rumbo a seguir. Pero cuando éstos son incapaces de seguir el marcado por la brújula política o la rosa de los vientos de las elecciones entonces sí, y definitivamente, la ciudadanía se ve envuelta en una sensación que va más allá de la inestabilidad o la perplejidad y conduce directamente a la irritación y el enojo, cuando no al cabreo más inmediato. Que en cuatro años hayamos tenido cuatro elecciones generales y no se vea el desenlace de una madeja que solo los políticos con su lucha de egos han propiciado habla más de incapacidad política que de vértigo, aunque sea esta sensación la que nos domina sin alivio. Por eso cuando el 10 de noviembre pongamos en el kiosko virtual un nuevo número de Luz y Tinta, si Dios no lo remedia —repito, y ya no nos quedan más clavos ardiendo a los que agarrarnos—, estaremos inmersos en una jornada electoral a la que cabe pedir esencialmente que los políticos electos sean capaces de leer entre líneas y de anteponer los intereses ciudadanos al viento personal que a veces les lleva a mirarse el ombligo, cuando la solución está en un horizonte al que debieran mirar antes de variar el rumbo.

Francisco Trinidad

 

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