Jorge Represa: «Soy fotógrafo casi desde niño. No sé tener una mirada relajada»

En Valsaín puso un punto y aparte en su carrera. Dejó los retratos y en las instantáneas de paisajes y ciudades encontró su yo más personal. Una muestra del Museo Esteban Vicente se detiene en la etapa más íntima de este artista vallisoletano

No es común que un museo de arte contemporáneo dedique un amplio espacio a la fotografía, por eso Jorge Represa (Valladolid, 1968) no tiene más que «gratitud» y «cariño» hacia el Esteban Vicente de Segovia, que reúne en «Mi lugar en cualquier lugar» una especie de «diario visual» con 76 instantáneas de este profesional, que comenzó especializándose en el retrato, pero que en el nuevo siglo decidió poner un punto y aparte para dedicarse a indagar en su «yo» más íntimo a través de la contemplación del paisaje y buscar permanentemente la magia y la irrealidad, a veces incluso desafiando los cánones más elementales de la fotografía.

-Aunque «Mi lugar en cualquier lugar» no es una retrospectiva, ya que se centra en su etapa profesional desde 2004, sí que tiene un apéndice de aquellos años en los que se dedicaba a hacer retratos. ¿Le ha dado vértigo mirar al pasado?

-Mucho, porque además no había vuelto a revisar esa etapa de retratos de famosos. Estoy muy centrado en otro tipo de fotografía.

-Se define como autodidacta, ¿cómo fueron sus comienzos en la fotografía?

-Mi padre era médico, teníamos una casa grande y una parte era la sala de curas, su despacho, etc. Era una zona prohibida a los niños, pero cuando él falleció, que yo tendría como 14 años, la conquistamos. En ella había un cuartito, que había sido su laboratorio de fotos porque él revelaba allí sus radiografías y había sido aficionado a la fotografía, aunque yo no tengo ningún recuerdo de él en ese sentido. Yo activé entonces de nuevo ese laboratorio y empecé positivando sus negativos, que eran fotos de mis hermanos mayores de pequeños. Ahí empezó todo, con la luz roja del cuarto oscuro.

-¿Quiénes eran, en aquel entonces, sus referentes?

 

-Recuerdo el primer libro de fotografías que compré. Me hice con él en la Librería Lara de Valladolid, que ya no existe, y lo adquirí a voleo. Creo recordar que era el catálogo de una exposición de Robert Franck, que luego siempre he pensado que era un fotógrafo muy difícil para empezar, porque todo en él es muy especial. Pero enseguida entendí que para hacer fotografía primero hay que ver fotografía, igual que para escribir primero hay que leer. Ahí comenzó mi interés por la fotografía, casi como espectador.

-En los noventa comenzó a trabajar para diferentes publicaciones, entre ellos, el que fuera suplemento de este periódico, «Blanco&Negro Dominical», ¿qué recuerda de aquella época?

-Recuerdo que estaba todo el día de viaje, tanto por España como por el mundo. Constantemente metido en un avión, cargado con una barbaridad de equipaje porque el retrato requería iluminación, fondos, trípodes, cámaras grandes... Lo que normalmente en el extranjero se hacía con un equipo de asistentes, en España era un fotógrafo pelado y nada más. Y luego, el estresazo de tener diez minutos con Bertolucci o con Pavarotti en París, en Módena o donde fuera, y la responsabilidad de que en ese tiempo debía resolver la fotografía y mandarla corriendo porque ya tenían reservada la portada que salía ese domingo. Entonces los dominicales vendían barbaridades, tanto si te salía bien como si te salía mal ahí te habían dejado el hueco.

-Entonces se especializó en el retrato de famosos, ¿cuáles eran para usted las claves de un buen retrato?

-Revelar algo del personaje, que haya algo de verdad, que trascienda, que la opinión del fotógrafo esté impresa. El retrato es la opinión que sobre el modelo tiene el fotógrafo. Si no existe esa opinión, no existe el retrato. El personaje proyecta la imagen que va dando de él mismo en su vida.

-En 2004 dejó los retratos para refugiarse en los bosques de Valsaín (Segovia). ¿Qué le hizo poner ese punto y aparte en su vida profesional?

-Venía de publicar «Ficción», mi segundo libro de retratos, y estaba muy saturado de volver a tener que fotografiar otra vez a las mismas personas. A Joaquín Sabina ya le había retratado diez veces, a Almodóvar, unas quince [trabajó para El Deseo]... Luego también coincidió que empezaba la crisis de la prensa y lo que antes podía defender a capa y espada de que fueran los personajes famosos quienes vinieran a mi estudio y aceptaran mis condiciones en cuanto a un tiempo adecuado y con una producción, todas aquellas conquistas que había ido consiguiendo tanto con los clientes como con los medios, comenzaron a desaparecer porque los famosos eran cada vez más relevantes y exigentes, y los segundos empezaban a no tener dinero y a descuidar la edición gráfica. Eso y por otro lado una razón personal, que fue el fallecimiento de mi hermana, que me quebró de alguna manera, me hizo decidir poner punto y final a esa etapa.

-Y de Segovia a Santander, donde puso en marcha una escuela de fotografía. ¿Qué enseña un fotógrafo que aprendió de forma autodidacta?

-A mirar a los grandes autores de la historia y a observar el mundo a través de su mirada, a descodificarlos, a entenderlos, a comprender su discurso y a entender las reglas de las geometrías y de la composición, pero sobre todo es mirar. Sólo hay una manera de aprender fotografía, que es viendo fotografía. Primero tienes que ser espectador, para luego convertirte en autor.

- Italia, Cuba, Argentina, Nueva York... han sido escenario de sus fotografías. ¿Qué tienen en común?

- No gran cosa. De hecho, no están pensadas como una secuencia. Ha sido el azar o la vida lo que me ha ido llevando por estas ciudades. Después de cerrar mi estudio en Madrid me vine a Valsaín a la casita familiar a decidir qué hacía con mi vida. En ese año y pico que estuve realmente fue donde me transformé como fotógrafo. Empecé a fotografiar a mis seres queridos, a mis perros, a las montañas... Y de aquí marché a Italia un poco como continuación, porque mi madre era de origen italiano y en mi infancia Italia siempre había sido un referente. Durante dos años estuve recorriendo el país, que me fascinó, a veces solo, a veces con mis estudiantes, hasta que descubrí que no hay tema, que Italia era lo de menos, y que el tema era yo. No me interesaba documentar la realidad italiana, cubana o americana. Daba igual donde fuera, lo que estaba haciendo era un ejercicio totalmente íntimo y personal.

-¿Qué se considera más, un fotógrafo que viaja o un viajero que fotografía?

-Un fotógrafo. Pero tampoco lo podría diferenciar porque soy fotógrafo casi desde niño y entonces no sé tener una mirada relajada. Me concentro, me tomo muy en serio mi trabajo y disfruto con él, entonces siempre está el fotógrafo.

-¿Cree que hoy tiene algo que ver la edición fotográfica en los medios con la que usted vivió?

-Creo que en los noventa hubo un interés por equipararnos a las publicaciones relevantes extranjeras, que se tradujo en un mayor presupuesto y una edición más cuidada, pero fue sólo un paréntesis. En lugar de continuar lo que en esa década se inició y que hubiera requerido más años porque no veníamos de una tradición gráfica en nuestro país, se vio abruptamente interrumpido por la crisis. Hoy no hay fotografía en los medios. Es algo muy secundario, de acompañamiento, porque no hay presupuesto. No hay dinero para pagar a los fotógrafos, no hay dinero para tener editores, cada vez hay menos páginas y la fotografía necesita un espacio, necesita una secuencia.

-Plantea, entonces, un futuro muy negro para el fotoperiodismo, al menos en los medios tradicionales.

- Pero no sólo para el fotoperiodismo. ¿Hay futuro para el periodismo? Hasta que los medios no encuentren un soporte que les reporte económicamente beneficios, es decir, hasta que la industria no se regenere, no le veo un futuro, y probablemente uno de los eslabones más débiles de esa industria es la imagen, al menos en España.

-Y sin embargo, el mundo es cada vez más visual. Subimos a la red más de 1,7 millones de fotografías entre Facebook, Snapchat, Instagram...

-Sí, pero todas estas herramientas lo único que generan es ruido, tanto ruido que ahora es imposible escuchar una melodía. Yo empecé hace un año en Instagram y hace unos meses ya me di de baja porque ni sabiendo lo que miras y buscando a los autores me parecía un soporte válido.

«Con las fotos que pierdes pasa como con las 'no conquistas'. Te acuerdas el resto de tu vida»

-¿Qué ha visto últimamente que merezca ser fotografiado?

-Siempre que vengo a Valsaín termino haciendo fotografías a los jardines de La Granja y nunca consigo una foto bonita.

-¿Hay muchas fotografías que se le han resistido?

-Con las fotos que pierdes o que no te salen ocurre como con las chicas que no conquistas, que te acuerdas el resto de tu vida. Tengo flashes de fotos que no resolví más nítidos que si hubiera conseguido la imagen. Por ejemplo, una de Nueva York en los 90, en China Town, en invierno, con las calles nevadas y un chino cruzando en camiseta de tirantes con un enorme pez al hombro.

-¿Y algún famoso?

-Muchos. Por ejemplo, se murió Lola Flores cuando estaba gestionando retratarla. O Walter Matthau, que era muy fan suyo.

-Decía Esteban Vicente: «Veo con el corazón, no con los ojos». ¿Le gustaría que recordaran que era su forma de concebir el trabajo?

-Es una cita preciosa, y desde luego que me gustaría, aunque no sé si es exactamente cierta porque mi fotografía también tiene mucho de analítica, está muy descodificada, no todo es emoción. Decía Bernard Plossu que no hay azar en la fotografía, el fotógrafo encuentra lo que está buscando, y estoy de acuerdo con esa cita. Yo busco permanentemente la irrealidad, la fantasía, la magia.

Enviadme un correo electrónico cuando las personas hayan dejado sus comentarios –

¡Tienes que ser miembro de Escribir con la luz para agregar comentarios!

Join Escribir con la luz

Comentarios

This reply was deleted.